miércoles, 28 de mayo de 2014
Capítulo 27
Despierto envuelta en sábanas.
Me levanto de un salto, despegándome del sueño, y le miro.
-¿Te he despertado? Lo siento...-susurra Nathaniel mirándome a los ojos.
-No habría podido dormir mucho mas- cojo aire y lo expulso lentamente.
Apenas ha salido el sol, pero a los pies de mi cama está parte del uniforme que llevaremos en la arena.
Lo observo con el ceño fruncido, las ganas de llorar me invaden.
Nathan me besa la frente.
-Tranquila...yo estaré a tu lado-
Estiro las mangas del pijama hasta que mis manos desaparecen en ellas.
-Lo sé- beso su mejilla y trato de sonreír.
-Voy a cambiarme, nos veremos luego- se despide con tranquilidad y sale del cuarto en silencio.
Me quedo unos minutos mirando a la nada, lamentándome y con un nudo en el estómago.
Pero me prohibo llorar, me levanto y acerco el uniforme hasta mi.
Cuando me lo pongo, me asomo al espejo.
Consta de una camiseta negra de tirantes, muy ajustada, y unos pantalones algo mas anchos, del mismo color y llenos de bolsillos. Un poco mas arriba de las rodillas hay unas cremalleras, que permiten deshacerse de una parte de los pantalones.
El calzado es lo mas extraño.
Son como dos moldes que he ajustado a mis pies hasta la altura de los tobillos, y son cálidos y suaves.
La suela es dura y parece muy resistente.
Me peino sin apenas darme cuenta, y dejo el cabello suelto.
Me doy cuenta de que he tirado al suelo unos guantes de belcro, que se ajustan en las muñecas y se cortan en la mitad de los dedos.
Acaricio el terciopelo de la alfombra, y luego voy hasta el comedor.
Varios avox están colocados en las esquinas, y me miran fijamente.
Corto una tostada por la mitad y me obligo a tragármela, aunque siento ganas de vomitar.
Bebo algo de agua, y espero a Nathan.
Aunque cuando viene no hablamos mucho. Nos cogemos de la mano, e intentamos ser fuertes.
Al cabo de no sé cuanto tiempo aparecen Eleanor e Ignatus, acompañados de unos cuantos agentes de la paz, para llevarnos a los aerodeslizadores.
Nos obligan a separarnos, mi mentora se va con Nathaniel, y empiezo a sentir mareos.
Ignatus me guía, apoyándose en un bastón de madera, con un par de agentes a nuestras espaldas.
Llegamos a las puertas del aerodeslizador, el viento me golpea el rostro...y solo tengo ganas de salir corriendo. Mi mentor nota que me tambaleo, y me sujeta los hombros.
-Demetria, puedes hacerlo. Puedes ganar- me mira a los ojos fijamente, veo confianza en ellos.
Asiento con la cabeza, no puedo hablar. Le abrazo con torpeza, y él me devuelve el abrazo.
-Y recuerda...fuego- susurra.
-Fuego- repito sin más, antes de que me sujeten por los codos y me separen de Ignatus, que se despide con la mano.
Un hombre con una bata de científico me hace extender el brazo y me clava una especie de inyección, que supongo será el localizador.
Durante el trayecto, los profesionales hablan, y nos miran con desdén.
Ariadna sonríe con maldad y me mira, crujiendo sus nudillos.
Me dejan en una sala, con varios sillones y una bandeja, con Niglan esperándome y el tubo para ascender a la Arena a su lado.
Me tiende un forro polar marrón oscuro, que me llega hasta los codos, y me coge varios mechones de pelo para trenzarlos y hacer diseños extraños con ellos. Luego me recoge el cabello entero en una coleta que me cae por la espalda.
-Es la hora. Buena suerte-me roza el brazo y me ayuda a meterme en el tubo.
Coloco los pies en el cilindro y empiezo a temblar con violencia.
La puerta de cristal se cierra, y puedo oír la voz mecánica empezando la cuenta atrás desde los dos minutos. Mi base comienza a ascender, y los ojos de Niglan me siguen, impasibles.
Me muerdo el labio con fuerza y miro hacia arriba.
La luz del sol invade mi vista unos segundos, pero al final me acostumbro.
La Cornucopia está cubierta de armas, pero sin embargo, encuentro pocas mochilas.
"Treinta, veintinueve, veintiocho..."
Veo a Nathaniel, que me mira también.
Aprieto los puños para no salir de mi cilindro.
"Diez, nueve,ocho..."
Justo entonces el chico del distrito 12 pega un grito y pone un pie fuera de su sitio, y la plataforma explota. Doy un respingo y estoy a punto de soltar un grito de terror.
La cuenta empieza de nuevo desde veinte segundos.
Ante nosotros hay un gran muro, con salientes, recodos y puntos de apoyo.
A los lados hay espacio, puedo ver una gran masa de árboles y opto a salir corriendo por allí.
"Tres, dos uno...¡Que comiencen los sexagésimo novenos Juegos del Hambre, y que la suerte esté siempre de vuestra parte!"
Suena el cañonazo, y salgo corriendo a toda velocidad, sin perder de vista a Nathaniel. Cojo dos cuchillos y una mochila extremadamente pequeña, y evito un hacha que me casi me corta la cabeza.
Pongo rumbo a los extremos del muro, cuando veo a la niña pequeña del 12 electrocutarse con el aire. Es un campo de fuerza.
Entonces empiezo a escalar el gran muro,temblando, con Nathan a unos milímetros, y entreviendo como la sangre corre por el césped y a los profesionales repartiendo cuchilladas y atravesando cuerpos de niños inocentes.
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