viernes, 28 de febrero de 2014

Capítulo 8


Salgo de mi dormitorio con la voz de Eleanor rondando en mi cabeza, con la conversación que tuvimos  totalmente grabada.
Después de eso, Cyntia aprovechó y me dijo que me pusiera bien guapa, en breve llegaremos al Capitolio.
Me reúno con Nathan y le sonrío, mientras esperamos a nuestros mentores.
Aparecen a los pocos minutos, Ignatus tiene las manos entrelazadas y sonríe diciéndose cosas a sí mismo, cuando nos ve agita las manos alegremente y se sienta enfrente nuestro, le sigue Eleanor.
-Cuando bajéis de este tren encontraréis algo que...por así decirlo, os dejará asombrados y confusos.
Os llevarán junto a vuestros estilistas y os pondrán bien guapos para el desfile de los tributos y el discurso del presidente Snow. El resto de indicaciones más tarde- dice al ver que el tren comienza a frenar.
-Nos vemos luego, chicos- es lo único que dice Ignatus, y sonríe como un niño pequeño.
Nathan y yo sonreímos forzadamente, y cuando Cyntia aparece, la seguimos para salir de nuestro transporte.
Me armo de valor y cojo el brazo de Nathaniel, mirándole.
-Estoy un poco...aterrorizada- murmuro de forma que sólo él escucha.
-El sentimiento es mutuo- me sonríe ampliamente, por primera vez, y salimos al exterior.
Le suelto el brazo, intentando no sonrojarme, y miro el Capitolio con los ojos como platos.
Es lujoso, moderno y agobiante. Sigo a los agentes de la paz hasta un gran edificio, donde me separan de Nathan y me encierran en un ascensor que sube varias plantas, cuando se abre veo a tres personas multicolores y con un perfume que me produce nauseas, que me cogen las manos y me acarician el pelo con exageracíon.
-¡Es pelirroja! ¡Que muchachita tan mona!- exclama una mujer con bucles y el pelo rosa, con los brazos pintados de dorado.
-¡Y tiene la piel blanquísima!- exclama otra que parece un marciano mientras me soba los brazos y la clavícula.
Me conducen hasta una sala con una camilla y mil productos, y prácticamente me arrancan la ropa como buitres.
Empiezan a echarme cremas y fragancias por todas partes, me estiran las facciones de la cara y veo como cogen varias tiras de cera para depilarme.
Suelto pequeños quejidos cada vez que arrancan las tiras, y respondo a las preguntas que me hacen con toda la amabilidad posible, sonriendo como puedo.
Comienzan a peinarme y a pintarme los labios, a llenar mi rostro de...no sé exactamente de qué, luego me levantan y me ponen frente a un espejo. No puedo ser yo.

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